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DESARROLLO
Con estos
métodos se fue consolidando la elaboración y comercialización
del vino, lo cual indujo la demanda de expansión de viñedos.
Conforme al Censo de 1739, en Mendoza había 500.000 plantas de
vid, equivalentes – de acuerdo con los parámetros de l siglo XXI
– a una superficie actual de 70 hectáreas. Con está producción
de uva se podía fabricar 400.000 litros de vino en las 10
bodegas de vino existentes.
Rápidamente se comenzó a producir un excedente para venderlo
fuera de la región. Como resultado, se puso tempranamente en
marcha el proceso de construir mercados externos. Entre fines
del siglo XVI y principio del siglo XVII se produjo la apertura
y consolidación de las rutas comerciales. Estas primeras
incursiones no tardaron en estabilizarse y formalizarse. Como
resultado, en 1618 se registró ¨ la primera autorización de
entrada a Buenos Aires de vinos y aguardientes de Mendoza¨. Poco
después, en 1624, el comercio del vino mendocino se extendió
hasta los mercados de la gobernación de Paraguay.
Las rutas y mercados que se abrieron entre 1580 y 1624, se
consolidaron en la centuria siguiente. Promediando el siglo
XVIII el comercio exterior de Mendoza alcanzaba un ritmo de 90
carreteras anuales. Por estos medios se garantizaba una
capacidad de transporte de 250.000 litros aproximadamente.
Contrariamente a lo que ha repetido hasta el cansancio la
historia oficial, antes de la llegada de los inmigrantes a
Mendoza, ya existía una industria vitivinícola importante, con
bodegas de grandes dimensiones para la época, como es el caso de
la bodega caracol, que en la década de 1630 y con no más de 300
habitantes hispano-criollos, acreditaba una capacidad de 30.000
Lts. El progreso de la ciudad generó las condiciones para la
expansión de la actividad vitivinícola, donde surgieron otros
establecimientos importantes. Dos buenos ejemplos fueron el
establecimiento de los jesuitas en la hacienda de Nuestra Señora
del Buen Viaje, y las bodegas y viñedos de don José Albino
Gutiérrez. Ambos contaban con obrajes de cal y ladrillos para
las instalaciones más delicadas de las bodegas. Además contaban
con lagares para la molienda de la uva, corrales de alambiques
para elaborar allí el aguardiente, y grandes depósitos. La
capacidad de la bodega de los jesuitas era mayor, pues podía
conservar 100.000 litros contra los 70.000 de don José Albino
Gutiérrez. Pero ésta tenía un sistema más moderno, pues sus
recipientes eran mayoritariamente de madera, mientras que la
bodega Jesuítica utilizaba todavía las antiguas botijas y tianas
de cerámica. Estas bodegas sirven para demostrar el importante
desarrollo alcanzado por la industria vitivinícola de Mendoza
antes de la llegada de los inmigrantes europeos de fines del
siglo XIX.
El vino de Mendoza ha tenido también un rol relevante en la
independencia nacional. Basta señalar que San Martín lo eligió
como alimento y como fuente de energía para los soldados que
debían cruzar los andes y librar las batallas decisivas en
Chile. En aquellos años muchos pensaban que era imposible cruzar
con un ejército de 5.000 hombres, cargados con armas y cañones,
entre nieve, precipicios y muy bajas temperaturas. Dentro de la
estrategia planificada por San Martín, el empleo del vino ocupó
un lugar importante: debió destinar 113 mulas para transportar
el fruto de la vid, y de esa manera asegurarle a cada soldado
una botella por día. En esta hazaña, reconocida en la historia
universal, el vino de Mendoza prestó un servicio decisivo. La
energía del sol, captada por el grano de uva, llegó al brazo y
al corazón de los patriotas, para abrir el camino de las nuevas
naciones de América.
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